A través del cuerpo pulsamos el movimiento,
convocamos la emergencia de su unidad matriz, el gesto.
De esta manera, gestamos la forma y otorgamos fisicidad a nuestra existencia.
Se trata de aprender a ser habitantes de nuestro propio cuerpo, creadores de nuestro lugar.
Como si fueramos una vasija llena de memorias latentes, un paisaje representado por las huellas de la ausencia o, también, un cuerpo hilado por una miscelanea de territorios.
A través del proceso creativo nos desvelamos para descubrirnos.
Gracias a las diferentes partes que integran el tejido de la corporeidad,
el modo en que las personas aprehendemos y nos relacionamos con el entorno
—el proceso a través del cual lo percibimos, sentimos, registramos y significamos—
es único e intransferible.
No hay ningún «cuerpo» igual que otro.
La corporeidad debe entenderse como la red cenestésica, motriz, emotiva, y mental que nos teje de una manera única, biológica y simbólicamente, en cada uno de nosotros como integrantes de una misma cultura.
La corporeidad nos permite co-existe en constante inter-relación
con los demás cuerpos, materias y medios que nos rodean.
A través del movimiento el sujeto intercambia información con el espacio y define,
en clave de improvisación, la representación.
Cuando nos movemos el cuerpo se pone en contacto con el espacio,
la coorporeidad se activa y la tierra se filtra a través de nuestra piel.
Entonces, la calidad del movimiento cambia y empieza «la expresión».
A cada paso, dejamos huella de cada vez que cuerpo y territorio se encuentran.
Sin embargo, ya no se trata de cualquier huella,
sino de aquella en la que se desvela la forma de nuestra nueva «HABITACIÓN».
En transición, dejando un rastro de huellas, se materializa la obra.
Allí, en ese trazo de coordenadas que dibuja el gesto, es donde empieza a existir el habitante y se construye el lugar.
